viernes, 31 de diciembre de 2010
miércoles, 29 de diciembre de 2010
Dejaréis cuadernos de poemas sin acabar. Habrá cuentos sin final. Nunca llegarán a escribirte ese poema que sería irrefrenable. Se irán con otro. No necesitarás explicaciones porque no las habrá. Pasarás las hojas del libro que te regaló para que el olor desvanecedor te empape la cara. Nadie sentirá tu dolor. El otro dormirá en su casa. Justamente el día que deberías haberlo hecho tú. No te preocupes, no lo estarás haciendo mal. Simplemente dibujarán motivos para explicar porque permanecerás en el infierno hasta tu muerte. Tendrás alucinaciones en las que tu teléfono sonará con su nombre en la pantalla. Imaginarás que dice que cojas el primer tren que te lleve a su ciudad. Pero no, eh, no. El teléfono no ha sonado ni sonará. Envía el cuaderno de poemas de amor a todos los concursos de poesía aunque les cedas los derechos. Si ganas, rechaza el premio argumentado que todo lo que hay ahí escrito es una burda mentira. Terminarás por aprender que es irrelevante cualquiera de tus actos. Justo antes de morir, disfrutarás pensando sólo por ti. Mutado en cenizas, dejarás de pensar en ella y harás lo que te apetezca porque quizás así, ella volverá a enamorarse de ti. Al fin y al cabo es lo único que necesitas
En el ecuador de septiembre, me aventuré a afirmar que París no existía. Hoy, día 29 de diciembre, tengo la sensación de ser un profeta o algo parecido. Vuelvo a afirmar que París no existe ni existirá. Si alguien os intenta convencer de que no estáis en lo cierto, no le creáis. En París, no existen las tijeras. La única utilidad de las tijeras es cortar la palabra que une la palma de la mano de dos amantes. Encontraréis obstáculos como la ilusión. No le hagáis ni puto caso. Las personas mueren solas. Nadie va a apretar tu mano cuando tus párpados se atraigan inexorablemente para siempre
lunes, 27 de diciembre de 2010
martes, 21 de diciembre de 2010
Eran las seis de la mañana. Justo antes, yo había prometido volver sólo si venía con un dibujo bajo el brazo. Nos besamos tímidamente porque sabíamos que no sería el último. Bajé el ascensor. No estaba triste y aunque tenía motivos para estarlo, el recuerdo tan cercano de tus mejillas contras las mías tiraba hacia arriba del filo de mis labios tornando inevitable mi sonrisa. En tu cama quedó mi olor y en tu muñeca mi goma del pelo. Abrí, no sin dificultades, el portal y allí se encontraba, paciente, el que luego sería mi amigo, el señor taxista. Como acostumbro, intenté ser educado y cortés. Pedí disculpas por haber llegado tarde. Nos ayudamos mutuamente a colocar la maleta en el maletero del taxi. Me situé delante de la puerta del copiloto. Me daba miedo mirar hacia arriba por si no estabas. Levanté suavemente la maneta para abrir la puerta y miré hacia arriba. No me fijé si la luna sonreía ni me paré un microsegundo a observar las estrellas. Disfruté mirando el cementerio de ventanas apagadas. Miré la primera fila, miré la segunda, la tercera, la cuarta, hasta llegar a la quinta. Allí estabas tú. La única ventana iluminada. Y ahora no sé si alguna vez podré saber si era la vela que nos arropó durante dos noches la encargada de iluminar tu cara o era tu cara la que iluminaba toda la ciudad.
lunes, 20 de diciembre de 2010
Me aterra el mutismo y su incertidumbre. Me aterra el olvido y que tu tobillo no recuerde como mi mano lo acariciaba. No sé si estamos cerca de la oscuridad pero esto también me aterra. Tú no tienes que preocuparte por esto. Tengo para ti lunas brillantes por si alguna noche la oscuridad viene a por ti. Cuando pienses en la huida, te susurraré un abrazo. Tengo dibujos de árboles para tatuarte. Tengo el recuerdo del caracol en tu muñeca.
Estos son motivos suficientes para ahuyentar a la oscuridad. Pero si no te parecen suficiente, te despertaré de la pesadilla colocándote el pelo detrás de la oreja.
Si sigues teniendo miedo, prometeré encontrar el azul perdido.
sábado, 18 de diciembre de 2010
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