martes, 21 de diciembre de 2010

Eran las seis de la mañana. Justo antes, yo había prometido volver sólo si venía con un dibujo bajo el brazo. Nos besamos tímidamente porque sabíamos que no sería el último. Bajé el ascensor. No estaba triste y aunque tenía motivos para estarlo, el recuerdo tan cercano de tus mejillas contras las mías tiraba hacia arriba del filo de mis labios tornando inevitable mi sonrisa. En tu cama quedó mi olor y en tu muñeca mi goma del pelo. Abrí, no sin dificultades, el portal y allí se encontraba, paciente, el que luego sería mi amigo, el señor taxista. Como acostumbro, intenté ser educado y cortés. Pedí disculpas por haber llegado tarde. Nos ayudamos mutuamente a colocar la maleta en el maletero del taxi. Me situé delante de la puerta del copiloto. Me daba miedo mirar hacia arriba por si no estabas. Levanté suavemente la maneta para abrir la puerta y miré hacia arriba. No me fijé si la luna sonreía ni me paré un microsegundo a observar las estrellas. Disfruté mirando el cementerio de ventanas apagadas. Miré la primera fila, miré la segunda, la tercera, la cuarta, hasta llegar a la quinta. Allí estabas tú. La única ventana iluminada. Y ahora no sé si alguna vez podré saber si era la vela que nos arropó durante dos noches la encargada de iluminar tu cara o era tu cara la que iluminaba toda la ciudad.

3 comentarios:

A. dijo...

Hay diferencias entre personas con luz y gente iluminada... ahora ya lo sabes

:)





xxxooo

Clementine dijo...

Era la luz de su rostro la que llenaba toda la ciudad. Estoy segura. A eso se le llama felicidad.

Escribe más, y más..

anticasitodo dijo...

clementine, no sé si me viene bien escribir. y menos esto. no es teraupético.
y no sé quién iluminaba qué. no sé si algún día lo sabré